Los veranos en el camping a 12 kms de casa

Camping

La Tortuga Ligera, La Ballena Alegre…


Al terminar el curso escolar a finales de junio, muchas familias empezaban la temporada de camping hasta entrado septiembre. Normalmente se instalaban las madres con los niños mientras que los padres aparecían los fines de semana una vez terminada su semana laboral. La vida transcurría con cierta normalidad. Los niños en la piscina y correteando por ahí con las zapatillas de loneta achancletadas mientras las madres se ponían al día tras un año de no verse y enfatizando sobre lo alto que estaba Miguelito o los michelines de Maruja. 


Con las madres al mando, el día a día era fácil. Siempre ocupadas, apenas prestaban atención a lo que se les pedía y casi siempre respondían que sí con lo que resultaba fácil hacerse con un helado o ir a merendar a la tienda de Paquito.


Cuando aparecían los padres el viernes por la tarde, siempre cargados de bolsas  y con algunos tebeos, la cosa cambiaba a peor en cuanto a la disciplina pero resultaba formidable mezclarse con aquellos adultos peludos que hablaban siempre de cosas que no entendíamos pero que prometían ser de lo más interesantes. Con ellos íbamos a la playa los domingos y podíamos jugar sin temor a romper nada hasta la hora de comer.

Para el almuerzo el menú dominical era el de siempre: ensaladilla rusa, tortilla de patatas y lomo empanado.Todo ello regado con una sangría de vino peleón donde flotaban pieles de naranja que los niños intentábamos pescar y botellas de refrescos de 2 litros, de esas que perdían el gas al poco de abrirse. Además siempre había el  cuñado de alguien que era un auténtico as de las paellas y de vez en cuando se organizaba todo un ceremonial para ejecutar a lo grande tan sabroso manjar. Todos metían baza con el sofrito, los ingredientes y el tipo de arroz.

La paella casi siempre resultaba ser un desastre debido a los imprevistos y la bombona de gas siempre se terminaba a media cocción con lo cual, mientras se encontraba la de recambio y se instalaba en el hornillo, sobraba tiempo para que el arroz se pasara y aquello terminara necesitando un cuchillo para repartir las raciones que siempre se adornaban con alguna hormiga y agujas de pino.


Después de comer y tras la sobremesa con carajillos y Farias, se procedía a una siesta para reponer fuerzas antes de reunirse de nuevo, esta vez ante una baraja de cartas, y marcarse unas buenas manos al más puro estilo Las Vegas, jugando al Remigio o a la Butifarra. Habrá quien eche de menos que me refiera al Mus, pero tan gestual juego era más popular en Madrid.


En el camping la música la ponían las radios, una en cada tienda y sonando todas a la vez con emisoras distintas con lo que el follón era considerable. Aunque una música sobresalía por encima de todas verano tras verano: La del gran Georgie Dann. 
La Barbacoa, El Africano, el Chiringuito…fueron los auténticos himnos de los campings donde jóvenes y viejos, hombres y mujeres, niños y niñas se pasaban el día preguntándose, (cantando, se entiende) que era lo que tenía aquel negro …


Por la noche, tras no parar en todo el día, nos desplomábamos en la colchoneta. El último pensamiento estando despiertos era para aquel niño o niña que nos hacía tilín, y al que nunca habíamos hecho demasiado caso por lo tímido/a y delgaducha/o y que había aparecido este año midiendo el doble y con voz de adulto . Tardaríamos en entender tal metamorfosis, pero eso es otra historia…

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